Con este sugerente título el doctor Rafael Sánchez Saus presentaba esta semana un libro editado por Encuentro. Rafael, además de colaborador habitual de los diarios de Grupo Joly -en estas páginas lo podrán encontrar con asiduidad- es uno de los historiadores más reconocidos en nuestro país. Catedrático de Historia por la Universidad de Cádiz, ha sido Rector de la San Pablo CEU, y es miembro de varias Reales Academias, entre las que se encuentran la sevillana de Buenas Letras y la jerezana de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras.

El acto, desarrollado en la sede en Jerez de la Asociación Católica de Propagandistas, que registró un absoluto lleno, fue presentado por el presbítero Pablo Gómez Mateos, que es el actual director del Instituto de Ciencias Religiosas Asidonense. El libro, de poco más de cien páginas, pero con una gran profundidad filosófica, aborda un asunto que los historiadores llevan sin abordar más de cincuenta años.

De ello se da cuenta el autor tras la ardua tarea investigadora a la que se entregó y que ha dado como resultado la publicación a la que hacemos referencia. La radical negación del Dios cristiano propia del posmodernismo ha sido la causa, mas el cristianismo ha demostrado tener la única cosmovisión no caducada, aunque sea minoritaria, o incluso en algunos ámbitos, marginal.

Por lo mismo, el cristianismo debe vivir este tiempo de hundimiento de las ideologías con esperanza, toda vez que el hombre, al que se ha entronizado como único objeto de la Historia, termina por rebelarse ante la ausencia de sentido, de finalidad. Ya la pérdida de un centro unificador –uno de los rasgos fundamentales de este tiempo, según el autor- “es el campo concreto de los estudios históricos un proceso de fragmentación sin aparentes límites [… ] que produce más confusión y esterilidad que sentimientos de libertad y creatividad […] La idea del saber total deja paso a saberes parcelarios afinados en una especialización que reduce más y más las lindes de las disciplinas y sus ámbitos”.

Y es que vamos encaminados, hablando en plata, a saber mucho de casi nada, mientras no sabemos nada o apenas nada del todo, condenados, como estamos, por la era de la especialización que el mismo sistema educativo premia al desvalorizar las disciplinas humanísticas en favor de las llamadas técnicas.

En este sentido, Rafael apunta que se ha sustituido la visión de conjunto de la Historia, obviándose todo referente general. Y por ello el historiador de a pie ha perdido la capacidad de una cosmovisión que otorgue finalidad a los hechos que estudia.

El cristianismo es una religión histórica desde el momento en que el Hijo de Dios entra en la misma encarnándose en un momento y un lugar concreto: Jesús de Nazaret marca un antes y un después en la Historia (y hasta en el calendario marcamos los años como antes y después de Cristo) -¡es sorprendente lo poco que celebramos la fiesta de la Encarnación!-.

Desde esta visión podremos comprender cómo Dios interviene en la Historia, tanto la general como la particular de la persona más insospechada del mundo, de los que han estado, los que estamos y los que estarán… pero para ello nada mejor que adentrarnos en la lectura de este apasionante libro.