A menudo, empresarialmente hablando, se obvia y se olvida la mayúscula importancia de la Comunicación tanto interna como externa de cara a la ganancia y al mantenimiento de una reputación corporativa de prestigio. Incluso existen sectores específicos con el vicio adquirido de considerarse autosuficientes muy al margen de la hoy necesaria profesionalización de la Comunicación. Ignorando que Comunicación es todo: no sólo una nota de prensa correctamente escrita o unos textos impolutos en la página web oficial de la empresa. Comunicación es también la redacción de los principios básicos de la entidad y Comunicación es asimismo el mensaje en el discurso unificado de los empleados a la hora de dirigirse al cliente. Y Comunicación es tono de un diálogo y Comunicación es lenguaje no verbal. Pero también el color corporativo de la empresa genera implícitamente un mensaje comunicativo. Y un sentido de marca. Por poner algunos ejemplos a bote pronto.

No cabe la menor duda que una acertada, bien meditada, estrategia de Comunicación repercute e impacta de manera siempre directa en la reputación corporativa. Insisto en los vasos comunicantes de la Comunicación y la reputación. La segunda siempre será una derivada, una consecuencia natural, de la primera. La Comunicación, al generar reputación, consecuentemente beneficia la línea de negocio de cualquier organización. Y es que la modernización empresarial ha cambiado con mucho la manera de relacionarse institucionalmente, tanto en el vector empresa-cliente, como en los de empresa-empresa y empresa-sociedad. ¿Qué decir, por ejemplo, de cualquier acción de Responsabilidad Social Corporativa que se precie sin la intervención de un táctico e implícito Plan de Comunicación?

Los tiempos cambian. Y en pleno siglo XXI, que se sobreentiende es siglo de modernidad, el valor de una organización se mide, ahora, más que nunca, por valores intangibles. Sí, por valores intangibles que, de todas a todas, deben ser atendidos y, sobre todo, bien gestionados. No comunicar es una opción. Quizá una opción cómoda pero del todo errónea. Porque se deja la misma en manos de terceros o de cuartos o de quintos, siempre ajenos a la empresa. Es decir: si nosotros no comunicamos nuestra realidad empresarial, ya lo harán otros –la misma competencia incluso- en tanto en cuanto dejamos libre – en blanco- nuestra voz, la voz de nuestra empresa. No olvidemos que protagonizamos un tiempo de sobresaturación informativa, de fake news y de tergiversación de la realidad. ¿Una empresa sin voz no está abocada al suicidio del desconocimiento institucional? Aquello que no se conoce, no existe.

Bien es cierto que determinadas empresas pueden no encontrar entre su plantilla a la persona o personas suficientemente preparadas para una nítida estrategia de Comunicación. Ante esta disyuntiva una solución idónea es la externalización -vale decir: la contratación de la externalización- de una Agencia de Comunicación que profesionalice esta gestión tan indispensable en toda empresa mínimamente modernizada. Las inmobiliarias, los asesores inmobiliarios gerentes de las mismas, cada vez se adecúan en mayor medida a la indispensable acción de una profesionalizada Comunicación. Porque en el sector inmobiliario resulta también esencial mejorar la relación para con -entre- los empleados, con los grupos de interés, con los posibles compradores y vendedores, con la ciudadanía.

En Estados Unidos es frecuente, y se utiliza cada vez más, la técnica del coaching destinado a agentes inmobiliarios con el propósito de aumentar las ventas, mejorar la relación con los clientes y motivar a los propios agentes. No está mal, pero se trata sólo de una parte del diseño estratégico de Comunicación. No podemos reducir el todo a la parte. La Comunicación en el sector inmobiliario debe ser mucho más transversal. Por eso contar con la figura de un DIRCOM -Director de Comunicación- es esencial. Y si se trata de una contratación externalizada, la fórmula entonces será perfecta.